Señalar el peligro en la oscuridad | Colaboración en Principia.io

El número 3 en papel de Principia gira en torno a un tema muy especial para mí: la oscuridad. Ha sido un honor participar con un artículo, que además va acompañado de dos estupendas ilustraciones de Víctor García-Cano (@victorgc_design). Si los primeros párrafos generan la urgente necesidad de leerlo entero… aquí dejo el enlace donde se puede adquirir el número completo: Número 3 – Principia Shop 

Señalar el peligro en la oscuridad

La construcción de faros se remonta milenios en el tiempo. Los logros técnicos de los últimos siglos han procurado aumentar la potencia lumínica del haz de luz y la distancia a la que se divisaba, automatizar el suministro de combustible y extender su autonomía. De las hogueras y los braseros de carbón hasta la llegada de la electricidad, repasamos las principales estrategias que el ser humano ha ideado para que estas construcciones, imprescindibles en nuestras costas, fueran también lo más eficaces posible.

Durante milenios, fue el agua la que nos llevó. A través de los mares y océanos migrábamos, comerciábamos y explorábamos; reinventábamos nuestras vidas anónimas, hacíamos prosperar nuestros pueblo y mapeábamos el mundo.

Pero el océano ha tenido siempre sus peligros: el tiempo –a veces favorable, a veces violento–, los accidentes de la línea de costa, la falta de visibilidad en un repentino y traicionero banco de niebla, o la previsible oscuridad de la noche.

Para evitar todos estos peligros, desde tiempo inmemoriales hemos guiado a nuestros veleros y navíos con hogueras situadas estratégicamente para advertirles de zonas poco seguras para la navegación en la oscuridad. Al comprender que para que estas luces se vieran a distancia debían situarse por encima del nivel del suelo, comenzamos a concebir construcciones más adecuadas a su función. La primera más conocida, el Faro de Alejandría, fue durante centurias la edificación más alta del mundo conocido (también una de sus ocho maravillas), cuya construcción ordenó Ptolomeo I en el siglo VII a. C. Si acompañáramos a una tripulación egipcia que partiera del puerto de Alejandría para comerciar en tierras lejanas, veríamos la luz del faro a distancia gracias a un espejo que, situado en su ápice, reflejaba la luz del sol durante el día y la de una hoguera durante la noche. Varios terremotos acabarían con él, pero llegó, cada vez más maltrecho, hasta el siglo XIV de nuestra era, y se constituyó en modelo de todos los faros que le seguirían en los siglos por venir.

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Se prevé una noche sin viento | Colaboración en Principia.io

Se prevé una noche sin viento

Ninguna previsión meteorológica detectó el ciclón extratropical que procedente del Golfo de Vizcaya azotaría Inglaterra en octubre de 1987. La Gran Tormenta, que dejó dieciocho fallecidos, 15 millones de árboles derribados y daños por valor de 1 500 millones de libras de la época, se convirtió en el catalizador de un programa de mejora de las previsiones meteorológicas a nivel científico, tecnológico y de comunicación.

Aquella tarde del 15 de octubre de 1987, Michael Fish, meteorólogo de la BBC, dio un parte que quedaría tallado a escoplo en la memoria colectiva del país y traería grandes dolores de cabeza a los servicios meteorológicos británicos. Fish se dirigió a cámara y dijo: «Según parece, una mujer ha telefoneado esta mañana a la BBC diciendo que había oído que se aproximaba un huracán; bien, si está usted viendo esto, no se preocupe: no hay ningún huracán en camino. Dicho esto, lo cierto es que el tiempo se pondrá muy ventoso, pero la mayor parte de estos fuertes vientos pasarán por España y cruzarán a Francia».

Posteriormente, siempre sostuvo que se estaba refiriendo al huracán Floyd que había golpeado la costa este de EE.UU. Pero en los meses posteriores tendría muchas ocasiones de lamentar la fatal casualidad de que en aquellos mismos instantes, un ciclón extratropical nacido en el Golfo de Vizcaya se estuviera desplazando hacia el noroeste del continente. Este ciclón estaba a punto de causar una devastación masiva en Inglaterra, especialmente en el sureste del Reino Unido, así como numerosos daños en la Bretaña francesa y en el norte de España.

Un escorpión encolerizado

Todo comenzó en las primeras horas del 15 de octubre, cuando una masa de aire tropical (cálida) y una masa de aire polar (fría) colisionaron, forzando al aire caliente a ascender, creando un área de bajas presiones. Se trataba de una depresión atmosférica de manual; la atmósfera intenta nivelar el desequilibrio de presiones haciendo que el aire en las altas presiones fluya hacia las bajas: así es como se produce el viento. Cuanto más grande es la diferencia entre presiones, más rápida es la corriente de aire.

Lo que no estaba en los manuales —y a partir de aquel momento hubo que incluirlo— es un fenómeno que se produjo aquella noche: el «sting jet» o chorro en aguijón, que hoy está bien documentado, pero del que por entonces no se sabía nada.

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Yo, humano | Colaboración en Principia.io

No ha tenido mala recepción mi segunda colaboración con la revista de cultura científica Principia.io, que iba acompañada de una ilustración de Laura Wächter. Esta vez quería hablar de lo que supuso la figura de Carl Sagan para la divulgación científica, y muy en particular su serie de televisión Cosmos. Cosmos no fue solo una serie de documentales sobre ciencia; fue también una obra humanística que abrazó el concepto de tercera cultura antes de que se acuñara. Emitida en una época convulsa, apetece pensar que pudo influir al menos un poco en las conciencias de quienes podían apretar botones rojos durante la locura nuclear de la Guerra Fría, una cuestión que le preocupaba hondamente.

Yo, humano

Empecemos por los fríos números: Cosmos, presentada por Carl Sagan en 1980 (y coescrita por él, Ann Druyan y Steven Soter), es una de las creaciones más exitosas de la historia de la televisión. Emitida en 60 países y vista por 500 millones de espectadores en todo el mundo, fue una de las primeras iniciativas ambiciosas de divulgación científica, por lo que sorprende la madurez de su propuesta y su eficacia.

¿Cómo no había de ser eficaz? A los espectadores se les regaló una Nave de la Imaginación que llevaba como combustible un cóctel único y explosivo: la voz de Carl Sagan, serena, honesta y enamorada de lo que narraba (en España, la del doblador José María del Río ejerció el mismo influjo mágico en nuestras mentes, sobre todo en las infantiles); la música evocadora de Vangelis; las maravillas del cosmos y de la curiosidad humana como temas principales y el modo poético y profundo con los que el divulgador decidió narrarlas. Gracias a este poderoso combustible, nuestra propia Nave de la Imaginación voló hacia espacios inmensos y fantaseó con las posibilidades del infinito, retrocedió millones de años para comprender de dónde veníamos, se asombró de todo lo que quedaba por descubrir del mundo microscópico y admiró sus propios logros, preguntándose hasta dónde podríamos llegar en el futuro gracias a ella.

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¿Y si esta tempura es radiactiva? | Colaboración en Principia.io

Aquí mi primera colaboración con la revista de cultura científica Principia.io, sobre las carencias comunicacionales durante la crisis nuclear de Fukushima en 2011. Con una estupenda ilustración de Raquel Gu, ilustradora de las Matiaventuras. No podría imaginar nada mejor para mi estreno.

¿Y si esta tempura es radiactiva?

Cae la noche en la prefectura de Tochigi (Japón) y Mitsuo Hanzo deposita la bolsa de la compra sobre la mesa de la cocina mientras recuerda las exhaustivas informaciones que le han ido llegando a lo largo del día a través de la radio, la televisión e internet: cómo se produjo la fusión del núcleo en los reactores de la central nuclear de Fukushima Daiichi, cómo se están intentando reparar las filtraciones de agua contaminada al mar, qué se está haciendo para evitar nuevas explosiones de hidrógeno… Pero son mucho más deficientes las informaciones que resolverían un dilema al que este padre se enfrenta tres veces al día; lo que quiere saber Hanzo es si esta comida está contaminada y si ponerla en el plato de su hija es un error o no.

Hubo casi 16.000 muertos y aún a día de hoy, 2.500 desaparecidos, tras el terremoto de magnitud 9 y posterior tsunami que se produjeron el 11 de marzo de 2011 en la región de Tōhoku. Pero tanta tragedia quedó pronto eclipsada cuando se supo que los reactores nucleares de la central Fukushima Daiichi había resultado dañados como consecuencia de estos desastres naturales.

La sombra del accidente nuclear volvía veinticinco años después de Chernóbil (1986) y treinta y dos después de Three Mile Island (1979). Pero Fukushima presentó, entre otras, una particularidad que lo hizo diferente: se trataba del primer accidente nuclear de la era de internet, caracterizada por una inmediatez mediática como nunca antes la habíamos experimentado y por la omnipresencia de las redes sociales. Surge una pregunta sencilla: ¿fue por ello más eficaz la comunicación de esta crisis?

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portada Principia.io

La comunicación en el aislamiento

Así pues, llegó un día en que adiviné el código en la inicial correcta, y escuché claramente dos frases de la conversación, aunque la siguiente vez que hablaron no entendí ni una sola palabra. ¡Pero aquella primera vez…!

—Dime – Ed – qué – darías – ahora – mismo – por – papel – de – fumar – y – un – paquete – de – Bull – Durham —preguntó el que daba los los golpes más lejos.

Casi grité de felicidad. ¡Comunicación! ¡Había más gente! ¡Camaradas! Escuché con entusiasmo; el que emitía los golpecitos desde más cerca, que deduje que debía ser Ed Morrell, respondió:

—Pasaría – veinticuatro – horas – metido – en – la – camisa – de – fuerza – por – un – paquete – de – cinco – centavos.

Y entonces el guardia les interrumpió:

—¡Corta ya, Morrell!

Jack London, ‘El vagabundo de las estrellas’ (‘The Star Rover’), 1915

En la novela ‘El vagabundo de las estrellas’, Jack London sigue los pasos de Darrell Standing, que se pudre en una de las celdas de aislamiento de la cárcel de San Quintín. Sometido a unos captores crueles, torturado y despojado de su libertad y su integridad física, Standing pelea cada migaja de dignidad e integridad mental. Tras varios días de soledad absoluta, se llena de júbilo cuando consigue descifrar el código secreto que utilizan dos compañeros de celdas cercanas para comunicarse de pared a pared. Uno de ellos es el que le da la clave para evadirse de las horas interminables bajo la tortura de la “camisa de fuerza”: para salvarse de la locura, emprenderá viajes mentales que le harán revivir las vidas pasadas de los hombres que alguna vez fue.

Victor-Cavazzoni

Portada de Victor Cavazzoni para ‘El vagabundo de las estrellas’ (fuente: victorcavazzoni.com)

En situaciones de confinamiento, la comunicación es uno de los rings en los que se libra la lucha de poder que los captores establecen con los prisioneros. La comunicación es una necesidad imprescindible para ser humanos. El aislamiento absoluto (que a la ausencia de comunicación suma la falta de actividades intelectuales y físicas) tiene implicaciones ampliamente estudiadas por la psicología y la psiquiatría: ansiedad, pensamiento desordenado, delirio, alucinaciones auditivas y visuales, paranoia, estado catatónico, comportamiento violento hacia sí mismos o hacia los demás, exacerbación de los sentidos, pérdida de constancia perceptiva (la capacidad de reconocer un objeto cuando es visto desde distintos ángulos), desorientación espacial. La neurociencia tiene cada vez más evidencias de que produce daños cerebrales irreparables.

Anhelaba algún tipo de comunicación desde el mundo exterior. Cada día, durante su primer mes, escribió cartas cada vez más tórridas a una joven llamada Mercedes, a quien llamaba “cariño mío”. «Vivía en Nueva York», dice. «Trabajaba en el mundo corporativo, en uno de esos edificios jodidamente grandes del centro de la ciudad». Le producía placer recibir sus respuestas varias veces a la semana, incluso aunque tuviera que escribirlas él mismo. «Las enviaba sin sello para que las devolvieran», dice. «Era un ejercicio de fantasía. Para tener algo que hacer».

Shruti Ravindran, ‘Twilight in the Box’, revista Aeon, 2014 (fuente: aeon.co)

El senador John McCain, que se enfrentó a Barack Obama en 2008 por la presidencia de Estados Unidos, fue prisionero de guerra en Vietnam a finales de los años 60 y sufrió tortura. Tras ser liberado en 1973, escribía:

Con respecto al aislamiento, lo más importante para la supervivencia es poder comunicarse con alguien, incluso si es solamente un saludo con la mano, un guiño, un golpecito en la pared o que un tipo levante el pulgar. Supone una diferencia enorme.

John McCain, ‘How the POWs Fought Back’, U. S. News and World Report, 1973

McCain pasó sus años de prisionero de guerra en el conocido irónicamente como “Hilton de Hanoi”, donde los estadounidenses se comunicaban con el mismo método que Standing consigue desentrañar en la novela de London: el llamado “código de golpes” (tap code o knock code), que obvia la letra ‘K’ y distribuye las restantes 25 letras del alfabeto inglés en una rejilla de 5×5 recuadros.

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Código de golpes (fuente: tapcommunications.co.uk).

Cada letra se convierte en un par de números. Para formar palabras (habitualmente abreviadas: ¿o creíamos que el teléfono móvil había inventado algo nuevo?), se golpea cada letra en los barrotes o en la pared. Por ejemplo, para marcar la letra ‘D’ se realiza un golpe, correspondiente a la fila en la que está situada, y rápidamente cuatro más, correspondientes a la columna (o al revés, cuatro-uno, según otras fuentes). Cada letra va separada por una pausa algo más prolongada.

Deriva del llamado cifrado de Polibio, que en el año 150 a.C. ideó este método para comunicarse a distancia empleando antorchas. Algunas fuentes le llaman “código nihilista”, porque ya fue usado en la Rusia del siglo XIX por los nihilistas opositores al zar que estaban en prisión.

Decía antes que la comunicación es una necesidad vital de una identidad humana sana. Pero también tiene un componente social muy poderoso, que nos ayuda a configurar nuestra identidad como grupo frente a otros. No es extraño que este componente entre en ocasiones en el terreno de la subversión. Otro huésped del “Hilton de Hanoi” escribía:

La comunicación era la sangre vital de nuestra resistencia y nuestra supervivencia. Los nombres de los prisioneros tenían una prioridad máxima. A continuación se situaban, en orden de importancia, las instrucciones de nuestros líderes, planes de evasión, posturas de resistencia, información estratégica sobre la prisión y nuestros captores, las cuestiones sobre las que giraban los interrogatorios, las oraciones dominicales y noticias de la guerra. Después de eso, vía libre: chistes, educación, anécdotas familiares y marineras, películas, novelas, ajedrez, etc., etc.

Una de las reglas obligatorias de nuestros líderes en la prisión, y nos imponían muy pocas, era: «Comunicaos a toda costa». Aquellos que se negaron a hacerlo eran aislados de sus compatriotas americanos, y más susceptibles a las lisonjas de sus captores.

Richard A. Stratton, ‘Tales of South East Asia’, 2003 (fuente: talesofseasia.com)

Es muy recomendable leer la crónica completa de Richard Stratton de la que está sacada esta cita, profundamente reveladora de las dificultades de aprender el código con la pura práctica, y de hasta qué punto se puede refinar el arte de la comunicación en condiciones de limitación extrema. También es un homenaje a la inmensa capacidad del ingenio humano:

Algunos de los nuestros desarrollaron una gran facilidad para usar el código, golpeando con tanta ligereza que los guardias estaban convencidos de que solo lo hacíamos para molestarles, y que no nos pasábamos ninguna información significativa. Jerry Denton sacó provecho de los síntomas tuberculosos de la mayoría de nuestros guardias y desarrolló una secuencia de tos, estornudo, expectoración, escupitajo, carraspeo, sonado y sorbido de mocos y atragantamiento para enviar el código de golpes. Era una manera de integrarlo con el ruido ambiente de la prisión, especialmente durante el invierno. Otros aprovechaban las escobas de bambú (en el exterior) y de paja (en el interior) para barrer el código. Otros buscaban papel y perforaban en él agujeros que representaban las letras, para entregarlo fuera de las celdas de aislamiento. Los usos del código de golpes y sus variaciones estaban limitados tan solo por la inventiva humana.

Richard A. Stratton, ‘Tales of South East Asia’, 2003 (fuente: talesofseasia.com)

La crónica de Stratton muestra cómo los presos sometidos a una situación de privaciones y tortura pueden ahuyentar la paranoia, el delirio y las alucinaciones: si el aislamiento total quiebra el espíritu, por el contrario la posibilidad de comunicación, el propósito de llevarla a cabo a toda costa y la camaradería que ayuda a construir son la manera segura de conservar vivo el ingenio.

Ran Hwang

‘Dreaming of joy’, de Ran Hwang (fuente: ranhwang.com)